“Son peligrosos”, imprimían las grandes rotativas.
“Son peligrosos”, decían los presidentes en sus discursos.
“Son peligrosos”, murmuraban los artífices de la guerra.
“Hay que destruirlos”, imprimían las grandes rotativas.
“Hay que destruirlos”, decían los presidentes en sus discursos.
“Hay que destruirlos”, murmuraban los artífices de guerra.
Los portadores de sueños conocían su poder, por eso no se extrañaban.
Gioconda Belli
Antorcha Campesina, hoy Movimiento Antorchista Nacional, no es la única, es cierto, pero sí de las organizaciones más calumniadas del último medio siglo. Lo han hecho medios, empresarios, políticos, partidos de todos los colores, afirmando que “somos peligrosos”, “hay que pararlos porque se quieren adueñar”, “una vez adentro no hay quien los saque”, “son un cáncer que debe ser exterminado”.
Sabemos que nuestros ideales de justicia y humanismo están blindados ante la muerte; trascienden tiempo y espacio; que nuestra armadura es impenetrable, construida con el más suave lirio y fuerte roble, verso a verso.
Insultos por el estilo han hecho escuela, traducidos en un manual que ahora es usado por cualquiera que quiera hacer uso de un chivo expiatorio. Claro. Una campaña negra generada que nadie en su sano juicio estaría en contra de que liquidaran semejante mal.
Pero no, señores y señoras, Antorcha no sólo no es un mal, un peligro… o mejor dicho, ¿peligrosa para quién? Si es para los millonarios de la tierra que extraen trabajo ajeno, sí, somos un peligro.
Si es para las abusivas autoridades que quieren seguir enriqueciendo sus bolsillos mientras los pueblos no cuentan con lo más elemental, sí, somos un peligro.
Si es para los terratenientes y caciques añejados que como garrapatas se aferran a un sistema caducado, sí, somos un peligro.
Si es para la ignorancia que carcome cerebros y los convierte en zombies obedientes, claro que somos un peligro.
“Antorcha es un peligro y debe ser exterminada”, declaran en la prensa presidentes, gobernadores y los artífices de la guerra. Lo han intentado y llevado a cabo no pocas veces.
En toda nuestra historia hemos tenido amenazas cumplidas que nos demuestran que, en efecto, somos un peligro para esos intereses. Pero, cual portadores de sueños, sabemos perfectamente que nuestros ideales de justicia y humanismo están blindados ante la muerte, trascienden tiempo y espacio, que nuestra armadura es impenetrable, construida con el más suave lirio y fuerte roble, verso a verso.
Desde el maestro Aquiles con su titánico esfuerzo, hasta niños como Brígido y campesinos como Maclovio…
En nuestra pasada Jornada de declamación en Culiacán, mientras la maestra Lizbeth Rosales Sandoval nos cautivaba con los sueños de Gioconda, realmente me estremecía orgulloso del trabajo que hemos alcanzado, algo que Alejandro Armenta jamás podrá sentir. Y esa, como dijo Ernesto Cardenal, será nuestra venganza.
Antorcha declama, como quien sabe lo que son sus alas. Y lo seguirá haciendo hasta que en este mundo se “imponga” el reino de la poesía. Y por eso defenderemos nuestra vida, aun con la muerte.
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