El pasado 11 de marzo nos enteramos de que el colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco localizó un rancho de diez hectáreas que era utilizado como un campo de concentración y exterminio en el municipio de Teuchitlán.
Esta noticia debería habernos llenado de indignación y enojo, debería haber despertado un sentimiento de alarma, pero pasó como si nada. Los medios de comunicación no le dieron la importancia que merecía y el gobierno de la 4T ha intentado minimizarla al máximo.
Cada vez que minimizamos las noticias de nota roja, perdemos nuestra capacidad de indignación y nuestra voluntad de exigir que estos delitos no se repitan.
La presidenta de la república, Claudia Sheinbaum, ha declarado que no se le llame “campo de exterminio”, y el presidente del Senado, Gerardo Fernández Noroña, incluso cuestionó en una transmisión en vivo: “¿Quién asegura que las prendas encontradas en el lugar son de personas desaparecidas?”.
Está claro que han optado por normalizar este tipo de hechos, y eso es preocupante, porque una vez que la violencia se normaliza, se produce una derrota moral que nos define como país.
Y no es sólo en Jalisco. El país vive una crisis de violencia que parece no tener fin. En estados como Guerrero, Sinaloa o Michoacán, los tiroteos, secuestros y fosas clandestinas son parte del día a día.
Recuerdo que cuando vivía en Chilpancingo, Guerrero, en una plática con algunos reporteros, mencionaron: “Si no hay más de tres muertos, no es noticia”. Esta frase me dejó marcado y preocupado porque refleja una triste realidad: la violencia se ha vuelto tan común que sólo las masacres o sucesos de gran magnitud pueden captar nuestra atención.
También recuerdo un video que vi en redes sociales: en un campo de futbol, unos hombres llegaron y asesinaron a una persona, pero todos los demás continuaron como si nada. Nadie corrió, nadie se espantó, como si fuera algo completamente normal. ¿Cómo llegamos a esto?
Aunque la respuesta es compleja y tiene múltiples factores, hay un elemento clave: la impunidad. De acuerdo con el Índice Global de Impunidad 2024, México se encuentra entre los quince países con peor calificación de los 94 evaluados, lo que indica que es uno de los países con mayor impunidad en el mundo.
Esto explica, en cierta medida, por qué los criminales actúan sin preocupación alguna y por qué la sociedad ha perdido la confianza en las fuerzas de seguridad y en las instituciones encargadas de impartir justicia. Cuando esto sucede, la desesperanza se instala y, con ella, la resignación.
Normalizar la violencia nos deshumaniza. Cada vez que miramos hacia otro lado ante un crimen, cada vez que minimizamos las noticias de nota roja, perdemos nuestra capacidad de indignación y nuestra voluntad de exigir que estos delitos no se repitan.
No es un secreto que quienes están en el poder prefieren ignorar la violencia y normalizarla. A ellos les conviene una sociedad que no exija, que no cuestione, pero el pueblo mexicano no debe permitirlo: la violencia no es normal, es el resultado de un país fracasado que necesita ser transformado.
No debemos cerrar los ojos ante estos problemas. Debemos enfrentar la realidad, exigir justicia y evitar que la indiferencia nos deshumanice.
México merece un futuro en el que las personas no tengan miedo de salir a buscar trabajo, en el que no deban preocuparse por si regresarán a casa para ver a sus familias. Los mexicanos debemos exigir un alto a la violencia y negarnos a normalizar lo que nunca debió ser normal.
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