MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Estudiantes de Estados Unidos, obligados a reencontrar su historia

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El imperio estadounidense no puede pedir con firmeza a Israel que detenga el genocidio porque tiene intereses económicos y militares en Medio Oriente, pero también porque nació del genocidio de los pueblos nativos americanos. Iría en contra de su naturaleza, ya que su riqueza actual, la cual le permite cometer injusticias por todo el mundo, también se construyó sobre la base del exterminio de los pueblos que originalmente vivían en el territorio que hoy ostenta como suyo.

Por ello, lo primero que deben hacer los estudiantes de las universidades estadounidenses que exigen detener el genocidio de palestinos es reconocer y rechazar decididamente ese pasado, para construir ellos mismos una nueva vida al tiempo que abrazan fraternalmente a los pueblos del mundo que están siendo exterminados, como lo fue una parte de la humanidad en su propio territorio.

Para ello se requiere que, como pueblo y no sólo como estudiantes, los trabajadores y proletarios estadounidenses, junto con sus clases sociales y estratos más oprimidos, recuperen el contacto con su propia historia y la integren en su presente.

Mientras tanto, nos conviene a las clases trabajadoras de México recordar algunos de los hechos genocidas fundamentales del imperio, cuyas clases ricas son descendientes directos de los exterminadores de los pueblos nativos norteamericanos —a los que llamaremos, para fines de este artículo, “originarios”— tanto de los que vivían en los territorios robados a los antiguos mexicanos como del resto. 

Ello nos demostrará que los estadounidenses no tienen autoridad para erigirse en jueces y verdugos de nuestros pueblos, olvidando que las manos de sus antepasados están manchadas de sangre y que no tenemos por qué aceptar dicha autoridad.

Diversas estimaciones indican que cuando los ingleses, ahora estadounidenses, comenzaron la conquista de América del norte en 1607, la población originaria se calculaba en 12 millones de personas.

En 1900, sólo quedaban vivos entre 300 mil y 250 mil nativos, mal llamados “indios”. Si bien las enfermedades venidas de Europa y desconocidas por los nativos, en su propagación natural, les causaron catástrofes terribles, no es menos conocido que los colonizadores ingleses las usaron a propósito para exterminarlos, además de usar armas de fuego.

El artículo “La guerra biológica en la conquista del nuevo mundo. Una revisión histórica y sistemática de la literatura”, de Alexis Diomedi P., publicado por la Revista Chilena de Infectología, volumen 20, da cuenta de que Sir Jeffrey Amherst, comandante en jefe de las fuerzas británicas en América del Norte durante el siglo XVIII, propuso a sus subordinados enviar a los nativos cobijas infestadas con viruela para extender esta enfermedad entre el pueblo originario que tenía sitiado en 1764 Fort Pitt, cuartel instalado por los invasores ingleses.

Diomedi cita una carta de Amherst a un subalterno así:

“Harías bien en intentar infectar a los indios con mantas, como también trate de utilizar cualquier otro método que pueda servir para extirpar esa aborrecible raza”. 

Además, Diomedi recuerda que, según varios autores, estas prácticas genocidas no eran extrañas para los ingleses:

“El ejército británico venía practicando sistemáticamente la propagación de viruela entre los indios desde 1755, a propósito del brote que diezmó en 1757 a los Potawatomis [originarios de Wisconsin]…”

A los americanos originarios primeros se les clasificó en función de su etnia, con ello se preparó el terreno para clasificarlos de manera racista y generalizada como “indios piel roja” y así oponerlos a los colonos ingleses blancos. Con ello se les negó igualdad jurídica y por tanto no fueron considerados ciudadanos con todos los derechos.

De hecho, ¡hasta 1924! a los sobrevivientes del genocidio se les concedió la nacionalidad norteamericana como recompensa a su participación en combate en la Primera Guerra Mundial.

Triste “ciudadanización” es la de ser considerado humano con derechos sólo hasta que te deshumanizas matando a otros pueblos. Pero ya antes se les había deshumanizado de otra forma: no considerándolos humanos, literalmente, sino animales (justo como hoy los sionistas consideran a los palestinos o los nazis europeos a los rusos), para justificar así su exterminio sin remordimientos.

Así, con todos esos pasos previos, era inevitable la agresión física que, efectivamente, sucedió y el consecuente despojo de sus tierras, ríos, manantiales, territorios de cacería, bosques y luego el subsuelo.

Después, había que borrar el recuerdo de estos crímenes y se promovió el olvido en las escuelas, así como la glorificación de las vilezas genocidas.

El cine y la televisión, ya en el siglo XX, fueron excelentes instrumentos para lograrlo presentando como héroes a los sheriffs y a los Custer, la verdadera cabeza del Estado opresor, es decir, la violencia organizada de los ladrones estadounidenses de aquel tiempo. Así son los pasos fundamentales de los genocidios; así funcionan hoy en Palestina.

“¡El único indio bueno es el indio muerto!”, era la ideología activa, viva en la moral y en los negocios. Guerras, asesinatos, deportaciones y todo tipo de violencias venían justificadas por el deseo de los blancos de llevar la “civilización” al interior de los Estados Unidos, que para ellos significaba robar impunemente nuevas tierras para el cultivo y el ganado o apoderarse de las tierras de caza de las naciones originarias para poder obtener oro; exactamente igual que los colonos sionistas con sus colonias y kibutz a los pueblos originarios palestinos.

Así justificaron sus atrocidades los padres de los abuelos de los estudiantes que hoy protestan en decenas de campus universitarios: pues ese es el pasado del que deben renegar hoy, en un acto supremo de justa autocrítica para bien de la humanidad.

La Alta California, cuando fue robada al México viejo en 1847, tenía una población originaria de 150 mil personas; en 1897 quedaban vivas 15 mil… en cincuenta años.

La “Ley de California para el Gobierno y la Protección de los Indios” se promulgó en 1850 y estipulaba el “aprendizaje” o la contratación de niños indios para los blancos, y también castigaba a los indios “vagabundos”, “alquilándolos” al mejor postor en una subasta pública si el indio no podía pagar una fianza suficiente, cosa más que segura. Esto legalizó una forma de esclavitud en California.

Los colonos blancos tomaron de 10 mil a 27 mil nativos americanos de California como trabajadores forzados, incluidos de 4 mil a 7 mil niños.

Rechazar hoy los asesinatos de miles de niños en Gaza y Rafah, Palestina, obliga a los universitarios estadounidenses a rechazar las leyes californianas de 1850 de “protección” a los indios, no importa cuán viejas sean: la mugre vieja se hace cochambre también en la Historia.

Luis E. Togores, de El Debate, da un apretado bosquejo:

“Vencidos por las armas de fuego del Ejército de los Estados Unidos y de los colonos después de ser masacrados, fueron deportados lejos de sus tierras. En el éxodo forzado de los cherokees a la actual Oklahoma 4 mil murieron de frío, hambre y todo tipo de penalidades en lo que ha pasado a la historia como el ‘Camino de las Lágrimas’. En el lejano oeste se pagaba 50 libras por una cabellera de indio, 25 por el de una mujer y 20 si era de un niño. La Indian Removal Act de 1830 forzó la deportación de cinco grandes tribus: Cherokee, Chickasaw, Choctaw, Creek y los seminolas”.

Les prohibieron sus religiones y se fomentó el divisionismo entre ellos. La ley de 1789 permitió la masacre indiscriminada de nativos Creeks, los más civilizados según decían los propios ingleses, al proclamarlos fuera de la protección del civilizado estado gringo. Ya prácticamente extintos, el dominio ideológico de los supervivientes por el sistema imperialista era casi obligado: hoy le llaman genocidio cultural.

En este horrible espejo debemos vernos reflejados también los mexicanos para reconocer nuestro verdadero rostro.

En cuanto a los universitarios estadounidenses, también ellos necesitan urgentemente una educación crítica; pero la naturaleza, la sociedad y el pensamiento no son unilaterales.

Jamás lograrán ser críticos eficaces de la forma imperialista del capitalismo si no se reconocen también en su propia identidad y, autocríticamente, se rechazan a sí mismos, para transformarse en el pueblo que el mundo espera de ellos: un hermoso pueblo hermano que acompañe con lealtad y fraternidad a la humanidad en su camino hacia el progreso.

P. S. La fotografía anexada muestra el entierro en fosa común de decenas de personas del pueblo nativo Iakota, después de la batalla conocida como Masacre de Wounded Knee (Rodilla Herida), el 29 de diciembre de 1890, en el estado de Dakota, en Estados Unidos.

Es inevitable recordar las fosas comunes descubiertas en mayo de este 2024 en los hospitales de Gaza, a donde arrojaron los sionistas de Israel a la gente palestina que mataron.

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